La Condesa de Charny

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—Sí, razón se tiene al preguntarme qué son la libertad, la igualdad y la fraternidad, y yo voy a decíroslo. Comencemos, pero ante todo, hermanos, no confundáis esta con la independencia; no son dos hermanas que se asemejan, sino dos enemigas que se odian. Casi todos los pueblos que habitan en países montañosos son independientes; pero yo no sé si se puede decir que sólo uno, excepto Suiza, es verdaderamente libre. Nadie negará que Calabria, Córcega y Escocia no son independientes, y nadie se atreverá a decir que son libres. Si el calabrés se ve contrariado en su capricho, si el corso ve atacado su honor y el escocés sus intereses, el primero, que no puede apelar a la justicia porque no la hay en un pueblo oprimido, apela a su cuchillo, el segundo a su puñal y el tercero a su dirk (daga); hiere, su enemigo cae, y queda vengado; allí tiene la montaña que le ofrece un asilo, y a falta de la libertad, invocada inútilmente por el hombre de las ciudades, encuentra la independencia de las cavernas profundas, de los grandes bosques, de las altas cimas, es decir, la independencia de la zorra, de la gamuza y del águila. Pero estos animales impasibles, invariables, espectadores indiferentes del gran drama humano que se desarrolla a sus ojos, se ven reducidos al instinto y condenados a la soledad; las civilizaciones primitivas, antiguas, maternales, por decirlo así, las civilizaciones de la India, del Egipto, de Eturia y del Asia Menor, de Grecia y del Lacio, reuniendo sus ciencias, sus religiones, sus artes y sus poesías como en un haz de luces que han sacudido sobre el mundo para iluminar en su cuna y en sus desarrollos la civilización moderna, han dejado a las zorras en sus guaridas, a las gamuzas en sus cumbres y a las águilas en sus altas regiones. Para ellos, en efecto, el tiempo pasa, pero sin medida; para ellos las ciencias florecen, pero sin progreso; para ellos las naciones nacen, se engrandecen y caen, pero no hay enseñanza. Es que la Providencia ha limitado el círculo de sus facultades al instinto de conservación del individuo, mientras que Dios ha dado al hombre la inteligencia del bien y del mal, el sentimiento de lo justo y de lo injusto, el horror al aislamiento y el amor a la sociedad. He aquí por qué el hombre nacido solitario como la zorra, salvaje como la gamuza y aislado como el águila, se ha reunido en familias, aglomerado en tribus y constituido en pueblos. Es que, como os decía, hermanos, el individuo que se aisla no tiene derecho más que a la independencia, mientras que, por el contrario, los hombres que se reúnen tienen derecho a la libertad.


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