La Condesa de Charny
La Condesa de Charny «No es una sustancia primitiva y única como el oro; es una flor, un fruto, un arte, un producto, en fin; es preciso cultivarla para que florezca y madure. La libertad es el derecho de hacer, en beneficio de su interés propio, de su satisfacción, de su bienestar, de su recreo y de su gloria, todo lo que no perjudica al interés de los demás; es el abandono de una parte de la independencia individual para hacer un fondo de libertad general, de la que cada uno puede tomar a su vez y con medida igual. La libertad, en fin, es más que todo eso, es la obligación contraÃda a la faz del mundo de no estrechar la suma de luces, de progreso y de privilegios que se han conquistado en el cÃrculo egoÃsta de un pueblo, de una nación o de una raza, sino, por el contrario, difundirlos a manos llenas, bien sea como individuo o como sociedad, cada vez que un hombre pobre o una sociedad indigente os pidan que compartáis vuestro tesoro con ella. Y no temáis agotar ese tesoro, porque la libertad tiene el privilegio divino de multiplicarse por la prodigalidad misma, semejante a esa urna de los grandes rÃos que bañan la tierra, y que está tanto más llena en su fuente cuanto más abundantes son en su desembocadura. He aquà lo que es la libertad: un maná celeste a que todos tienen derecho, y que el pueblo elegido para que caiga debe compartir con cualquiera otro que reclame su parte. Tal es la libertad como yo la entiendo —continuó Cagliostro, sin dignarse contestar siquiera directamente al que le habÃa interpelado—. Pasemos a la igualdad».