La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Y alargó la mano a Gilberto.

El doctor miró fijamente a Mirabeau, a quien esta mirada parecía inquietar.

—A propósito —dijo el enfermo—, antes de marcharos, decidme qué prescribís.

—¡Oh! —contestó Gilberto—, bebidas calientes, como chicoria, dieta absoluta, y sobre todo…

—¿Qué?

—Ninguna enfermera que tenga menos de cincuenta años. ¿Comprendéis, conde?

—Doctor —dijo Mirabeau, sonriendo—, antes que faltar a vuestra prescripción, tomaré dos de veinticinco.

En la puerta, Gilberto encontró a Teisch.

—¡Oh, caballero! —dijo—, ¿por qué os vais?

—Porque me despiden, amigo Teisch —contestó Gilberto riéndose.

—¡Y todo esto por esa mujer! —murmuró el anciano—, y todo porque esa mujer se parece a la Reina… ¡Un hombre de tanto genio, según dicen! ¡Dios mío, habrá mayor estupidez!

Y con esta conclusión abrió la portezuela a Gilberto, que subió al coche muy preocupado, preguntándose en voz baja:

—¿Qué quiere decir al hablar de una mujer que se parece a la Reina?


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