La Condesa de Charny

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—¡Ingratitud de los reyes! —murmuró—. ¡Ese discurso ha bastado para hacerle olvidar la lista civil de veinticuatro millones para el Rey, y su viudedad de cuatro para ella! Pero ¿no sabe esa mujer, ignora esa Reina que se trataba de reconquistar de un solo golpe mi popularidad perdida por su causa? ¿No recuerda ya que propuse el aplazamiento de la reunión de Avignon con Francia para sostener los escrúpulos religiosos del Rey? Una falta. ¿Ha olvidado que durante mi presidencia en los Jacobinos, presidencia de tres meses que me quitó diez años de vida, defendí la ley de la guardia nacional limitada a los ciudadanos activos? Otra falta. ¿No recuerda que en la discusión de la Asamblea del proyecto de la ley sobre juramento de los sacerdotes, pedí que se restringiese aquí a los confesores? ¡Oh! Estas faltas las he pagado muy caras —continuó Mirabeau—, y sin embargo, no son ellas las que me han hecho caer, porque hay épocas extrañas, singulares, anormales, en las que no se cae por las faltas que se cometen. Cierto día, por ellos también, defendí una cuestión de justicia, de humanidad: se censuraba la fuga de las tías del Rey, y se propuso una ley contra la emigración. «¡Si hacéis una ley contra los emigrantes, juro no obedecer jamás!». Y el proyecto se desechó; por unanimidad. Pues bien, lo que no habían podido hacer mis descalabros, lo consiguió mi triunfo. Me llamaron dictador, me lanzaron a la tribuna por la vía de la cólera, la peor que puede seguir un orador, y triunfé por segunda vez, pero atacando a los Jacobinos. ¡Entonces estos juraron mi muerte, los muy necios! Duport, Lameth y Barnave no ven que si me matan darán la dictadura de su garito a Robespierre. ¡Yo, a quien hubieran debido conservar como a las niñas de sus ojos, he sido anonadado por ellos bajo su estúpida mayoría; han hecho correr por mi frente el sudor de sangre; me han hecho apurar hasta las heces el cáliz de la amargura, y me han coronado de espinas, en fin, poniéndome la caña entre las manos, para crucificarme por último! Feliz me considero por haber sufrido esta Pasión, como Jesucristo por amor a la humanidad… ¡La bandera tricolor! ¿No ven que es su único refugio; que si quisieran venir leal y públicamente a sentarse a su sombra, esta última les salvaría aún tal vez? Pero la Reina no quiere ser salvada; quiere vengarse y no tiene ninguna idea juiciosa. El medio que yo propongo como el único eficaz, ese es el que ella rechaza sobre todo: ser moderada, justa, y en cuanto sea posible, tener siempre razón. He querido salvar dos cosas a la vez, la monarquía y la libertad, lucha ingrata en la que combato solo y abandonado. ¿Contra quién? Si fuera contra hombres, no sería nada, ni tampoco contra tigres o leones; pero es contra un elemento, contra el mar, contra las olas que suben, contra la marea que va en aumento. Ayer me cubría los tobillos, hoy me llega a la rodilla, mañana me alcanzará a la cintura, y al otro día pasará sobre mi cabeza… Por eso, doctor, es preciso que os hable con franqueza. Primero me sobrecogió el pesar y después el disgusto; yo había soñado en ser arbitro entre la Revolución y la monarquía; creía alcanzar ascendiente sobre la Reina como hombre, y como tal correr en su auxilio, y el día en que se aventurase imprudentemente en un río perdiendo pie, lanzarme al agua y salvarla. Pero no; jamás se ha querido utilizar seriamente mis servicios, doctor, y sí tan sólo comprometerme, haciéndome perder mi popularidad, perderme, aniquilarme, y hacerme impotente así para el bien como para el mal. Por eso ahora, lo mejor que puedo hacer, amigo mío, es morirme a tiempo, echarme artísticamente, como el atleta antiguo, alargar el cuello con gracia, y exhalar el postrer aliento convenientemente.


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