La Condesa de Charny

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Y Mirabeau se dejó caer sobre su otomana, mordiendo el almohadón con fuerza.

Gilberto sabía ya lo que deseaba saber, es decir, dónde estaban la vida y la muerte de Mirabeau.

—Conde —preguntó—, ¿qué diríais si el Rey enviase mañana a pedir noticias sobre vuestra salud?

El enfermo se encogió de hombros, como diciendo que le era igual.

—El Rey… o la Reina —añadió Gilberto.

—¿Cómo? —exclamó Mirabeau irguiéndose.

—Digo el Rey o la Reina —repitió Gilberto.

Mirabeau se incorporó, apoyándose sobre los puños, como un león agachado, y trató de leer hasta el fondo del corazón de Gilberto.

—No lo hará —dijo.

—Pero, en fin, ¿y si lo hiciere?

—¿Creéis —replicó Mirabeau—, que descendería hasta ese punto?

—Yo no creo nada, supongo, presumo…

—Sea —dijo Mirabeau—, esperaré hasta mañana.

—¿Qué queréis decir?

—Tomad las palabras en el sentido que tienen, doctor, y no veáis en ellas sino lo que quieren decir. Esperaré hasta la noche de mañana.

—¿Y entonces?


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