La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Había en aquella voz, casi infantil aún, un acento tal de firmeza, que llamó la atención del jinete.

—Amigo mío, el camino de París es el que nosotros seguimos —contestó—; ni yo mismo le conozco bien, porque no he visitado la capital más que dos veces; pero estoy seguro de que este es el bueno.

Sebastián retrocedió un paso, porque los caballos daban resoplidos, y el jinete que parecía ser el amo continuó su marcha más lentamente.

Su lacayo le seguía.

—¿El señor Vizconde —preguntó—, ha reconocido ese muchacho?

—No; pero me parece…

—¿Con que el señor Vizconde no ha reconocido al joven Sebastián Gilberto, alumno del abate Fortier?

—¿Sebastián Gilberto?

—Seguramente, aquel que iba de vez en cuando a la granja de la joven Catalina, con el corpulento Pitou.

—En efecto, tienes razón.

Y, deteniendo su caballo, se volvió.

—¿Sois Sebastián? —preguntóle.

—Sí, señor Isidoro —contestó el muchacho, que había reconocido muy bien al jinete.

—Pues entonces acercaos, amiguito —dijo el Vizconde—, y decidme cómo es que os encuentro solo en el camino a semejante hora.


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