La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Os he dicho, señor Isidoro, que voy a París para asegurarme de si mi padre vive o ha muerto.

—¡Ay de mí! —exclamó el Vizconde con expresión de profunda tristeza—, ¡yo voy a París por una causa análoga; pero no dudo!

—Gracias, señor vizconde —contestó.

—Sí, ya sé… vuestro hermano.

—Uno de mis hermanos…, Jorge, ha sido muerto ayer por la mañana en Versalles.

—¡Ah, señor de Charny!…

Gilberto se adelantó para ofrecer sus dos manos a Isidoro, que las estrechó entre las suyas.

—Pues bien, querido niño —repuso el vizconde—, puesto que nuestra suerte es análoga, no debemos separarnos; debéis estar cansado y tendréis prisa por llegar a París.

—¡Oh, sí, caballero!

—No podéis ir a pie.

—Pues será preciso, aunque tarde mucho tiempo en llegar; por eso me propongo pagar un asiento en el primer coche que encuentre en el camino que siga la misma dirección, a fin de acercarme todo lo posible a París.

—¿Y si no encontráis ninguno?

—Iré a pie.

—Mejor será, querido joven, que subáis a la grupa en el caballo de mi criado.


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