La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Sebastián retiró sus dos manos de las de Isidoro.

Estas palabras fueron pronunciadas con un acento tan expresivo, que Isidoro comprendió que acababa de ofender al muchacho, al proponerle montar a la grupa del caballo de su criado.

—O más bien —dijo—, ahora me ocurre que podéis montar en su puesto; él se reunirá con nosotros en París, y preguntando en las Tullerías, siempre sabrá dónde estoy.

—Repito las gracias, caballero —contestó Sebastián, con acento más dulce, pues había comprendido la delicadeza de esta nueva proposición—; no quiero privaros de los servicios de vuestro criado.

No faltaba más que entenderse; los preliminares de paz estaban sentados.

—Pues bien, os propondré otra cosa mejor que todo eso, Sebastián; montad detrás de mí; ya se acerca el día, y a las diez de la mañana estaremos en Dammartín, es decir, a medio camino; dejaremos allí los caballos, que no deben pasar de este sitio, bajo la custodia de Bautista, y tomaremos un coche de posta que nos conducirá a París: esto es lo que pensaba hacer, y os ruego que no alteréis mi itinerario.

—¿Es bien verdad eso, señor Isidoro?

—¡Palabra de honor!


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