La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Entonces… —contestó el joven vacilando, pero ardiendo en deseos de aceptar—, entonces…
—Apéate, Bautista, y ayuda al señor Sebastián a montar.
—Gracias, es inútil, señor Isidoro —dijo Sebastián, que, ágil como un escolar, saltó a la grupa.
Después los tres viajeros y los dos caballos prosiguieron su marcha y desaparecieron muy pronto por el otro lado de la cuesta de Gondreville.