La Condesa de Charny

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Capítulo VIII

Los tres jinetes continuaron su camino de la manera convenida, llegando a caballo hasta Dammartín, en donde se apeaban a eso de las diez.

Todos necesitaban descansar un poco, y además era preciso buscar un coche y caballos de postas.

Mientras se servía el almuerzo a Isidoro y a Sebastián —que por estar el uno poseído de inquietud y el otro lleno de tristeza, no habían cruzado una sola palabra—, Bautista hacía cuidar los caballos de su amo y confiaba en hallar un vehículo y caballos de posta.

A mediodía, cuando había concluido el almuerzo, ya estaba preparado todo y el coche esperaba en la puerta.

Pero Isidoro, que siempre había corrido la posta con su carruaje, ignoraba que cuando se viajaba en los coches de la administración, es preciso cambiar por otro el que se ocupa cuando se ha de poner otro tiro.

De aquí resultó que los maestros de postas, que hacían observar estrictamente los reglamentos, pero guardándose bien de atenerse a ellos, no tenían siempre coches disponibles, ni tampoco caballos.

En su consecuencia, habiendo salido a mediodía de Dammartín, los viajeros no llegaron a la barrera hasta las cuatro y media y a las Tullerías a las cinco de la tarde.


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