La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Los tres jinetes continuaron su camino de la manera convenida, llegando a caballo hasta DammartÃn, en donde se apeaban a eso de las diez.
Todos necesitaban descansar un poco, y además era preciso buscar un coche y caballos de postas.
Mientras se servÃa el almuerzo a Isidoro y a Sebastián —que por estar el uno poseÃdo de inquietud y el otro lleno de tristeza, no habÃan cruzado una sola palabra—, Bautista hacÃa cuidar los caballos de su amo y confiaba en hallar un vehÃculo y caballos de posta.
A mediodÃa, cuando habÃa concluido el almuerzo, ya estaba preparado todo y el coche esperaba en la puerta.
Pero Isidoro, que siempre habÃa corrido la posta con su carruaje, ignoraba que cuando se viajaba en los coches de la administración, es preciso cambiar por otro el que se ocupa cuando se ha de poner otro tiro.
De aquà resultó que los maestros de postas, que hacÃan observar estrictamente los reglamentos, pero guardándose bien de atenerse a ellos, no tenÃan siempre coches disponibles, ni tampoco caballos.
En su consecuencia, habiendo salido a mediodÃa de DammartÃn, los viajeros no llegaron a la barrera hasta las cuatro y media y a las TullerÃas a las cinco de la tarde.
