La Condesa de Charny

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Capítulo LXXVI

Mirabeau estaba en su lecho y había recobrado el conocimiento, viéndose allí también los platos y las flores, testigos tan acusadores como lo son en el fondo de un vaso los restos del veneno junto a la cama del suicida.

Gilberto se adelantó vivamente hacia él y respiró al verle.

—¡Ah! —exclamó—, aún no se halla tan malo como yo temía.

Mirabeau sonrió.

—¿Lo creéis así, doctor? —repuso.

Y movió la cabeza como hombre que piensa conocer su estado tan bien como el médico, que a veces quiere engañarse a sí propio para engañar mejor a los demás.

Esta vez Gilberto no se detuvo en el diagnóstico exterior; tomó el pulso, acelerado en aquel momento, miró la lengua, pastosa y amarga, y preguntó por el estado de la cabeza. Mirabeau sentía en ella pesadez y dolor.

También se manifestaba un principio de frío en las extremidades inferiores.

De repente se reprodujeron los espasmos que el enfermo había sufrido dos días antes, atacando sucesivamente el omoplato, las clavículas y el diafragma. El pulso, que, como hemos dicho, era acelerado, llegó a ser intermitente y convulsivo.


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