La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Mirabeau estaba en su lecho y habÃa recobrado el conocimiento, viéndose allà también los platos y las flores, testigos tan acusadores como lo son en el fondo de un vaso los restos del veneno junto a la cama del suicida.
Gilberto se adelantó vivamente hacia él y respiró al verle.
—¡Ah! —exclamó—, aún no se halla tan malo como yo temÃa.
Mirabeau sonrió.
—¿Lo creéis asÃ, doctor? —repuso.
Y movió la cabeza como hombre que piensa conocer su estado tan bien como el médico, que a veces quiere engañarse a sà propio para engañar mejor a los demás.
Esta vez Gilberto no se detuvo en el diagnóstico exterior; tomó el pulso, acelerado en aquel momento, miró la lengua, pastosa y amarga, y preguntó por el estado de la cabeza. Mirabeau sentÃa en ella pesadez y dolor.
También se manifestaba un principio de frÃo en las extremidades inferiores.
De repente se reprodujeron los espasmos que el enfermo habÃa sufrido dos dÃas antes, atacando sucesivamente el omoplato, las clavÃculas y el diafragma. El pulso, que, como hemos dicho, era acelerado, llegó a ser intermitente y convulsivo.
