La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Creéis —replicó el enfermo—, que yo, el que siempre abusó de todo, he tenido este tesoro de vida entre las manos sin abusar también? No; mandé descomponer vuestro licor, querido Esculapio; supe que se sacaba de la raÃz del cáñamo indio, y entonces bebÃ, no tan sólo por gotas, sino por cucharadas, no solamente para vivir, sino para soñar.
—¡Desgraciado, desgraciado! —murmuró Gilberto—, bien sospeché que os daba veneno.
—Dulce veneno, doctor, gracias al cual he duplicado, cuadruplicado y hasta centuplicado las últimas horas de mi existencia; gracias al cual, muriendo a los cuarenta y dos años, habré vivido tanto como un centenario; gracias al cual, en fin, he poseÃdo en sueños todo cuanto se me escapaba en realidad, fuerza, riqueza y amor… ¡Oh!, doctor, doctor, no os arrepintáis, sino, por el contrario, felicitadme. Dios no me habÃa dado más que la vida real, triste, pobre, sin calor, desgraciada, poco apetecible, y que el hombre deberÃa estar siempre dispuesto a devolverle como un préstamo; doctor, yo no sé si debo dar gracias a Dios por la vida; pero sà que debo dároslas por vuestro veneno. Llenad, pues, la cuchara y dádmela, doctor.
Gilberto hizo lo que Mirabeau deseaba, y este saboreó el licor con delicia.