La Condesa de Charny

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Entonces se vio a Mirabeau hacer un esfuerzo supremo para pronunciar algunas palabras, uno de esos esfuerzos como el que debió hacer el hijo de Creso cuando, al ver a su padre amenazado de muerte, consiguió romper las ligaduras que encadenaban su lengua y gritar: «¡Soldado, no mates a Creso!».

Y Mirabeau pudo decir:

—¡Oh! No saben, pues, que una vez muerto yo, están perdidos. Conmigo llevo el duelo de la monarquía, y sobre mi tumba los facciosos se compartirán sus restos…

Gilberto se precipitó hacia el enfermo. Para un médico hábil hay esperanza mientras que hay vida; y además, aunque tan sólo fuera para conseguir que aquella boca elocuente pronunciase aún algunas palabras, debía servirse de todos los medios de la ciencia.

Cogió una cucharita y echó en ella algunas gotas de ese licor verdoso del que había dado ya un frasquito a Mirabeau, y sin mezclarle esta vez con aguardiente, le acercó a los labios del enfermo.

—¡Oh, querido doctor! —dijo Mirabeau, sonriendo—, si queréis que el licor de vida produzca efecto en mí, dadme la cuchara llena o el frasco entero.

—¿Cómo? —exclamó Gilberto mirando a Mirabeau.


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