La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Mientras que Gilberto estaba sumido en lo más profundo de sus meditaciones, Mirabeau hizo un movimiento y abrió los ojos.
Volvía a la vida por la puerta del dolor.
Trató de hablar, aunque inútilmente; pero lejos de mostrarse afectado por este nuevo percance, apenas comprendió que su lengua estaba muda, sonrió y esforzóse para que sus ojos expresasen el agradecimiento que sentía por Gilberto y por aquellos cuya solicitud y cuidados le acompañaban en aquella suprema y última etapa cuyo fin era la muerte.
Sin embargo, una idea única parecía preocuparle; tan sólo Gilberto podía adivinarla, y la adivinó:
El enfermo no podía apreciar la duración del desvanecimiento de que acababa de salir. ¿Había sido de una hora o de un día, y en este tiempo habría enviado la Reina a preguntar por su salud?
Se mandó subir el registro que estaba abajo, y donde cada cual, bien llegase como mensajero o por su propia cuenta, escribía su nombre.
No se encontró ninguno que fuese de la intimidad real, ni siquiera que revelase una solicitud encubierta.
Se llamó a Teisch y a Juan para interrogarles, y contestaron que nadie, ni ayuda de cámara ni ujier, se había presentado.