La Condesa de Charny

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Capítulo LXXVII

En efecto; a partir de aquel instante, las pocas horas que Mirabeau vivió no fueron más que una agonía.

Gilberto no cumplió menos la promesa dada, y permaneció junto al lecho hasta el último minuto.

Por lo demás, aunque muy doloroso, siempre es una gran enseñanza para el médico y el filósofo el espectáculo de esa última lucha entre la materia y el alma.

Cuanto más grande es el genio, más curioso es observar cómo este sostiene el combate contra la muerte, que debe vencerle al fin.

Por otra parte, el doctor encontraba ante el espectáculo de aquel gran hombre expirante otro motivo para hacer sombrías reflexiones.

¿Por qué moría Mirabeau, el hombre de temperamento atlético y de constitución hercúlea?

¿No era por haber extendido la mano para sostener aquella monarquía que se derrumbaba? ¿No era porque se había apoyado un instante en su brazo aquella mujer de desgracia que se llamaba María Antonieta?

¿No le había predicho Cagliostro algo semejante a la muerte de Mirabeau, y no eran aquellos dos seres extraños que había encontrado, el uno matando la reputación y el otro la salud del gran orador de Francia, convertido en sostén de la monarquía, una prueba evidente de que todo debía hundirse, como la Bastilla, ante aquel hombre, o más bien, ante la idea que representaba?


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