La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Tomad —le dijo Mirabeau—, volved a poner esta caja en su sitio, querido doctor.
Y como este pareciese admirado de ver que pesara tanto como antes, Mirabeau le dijo:
—SÃ, esto es curioso, ¿no os parece asÃ? ¿Dónde diablos se oculta el desinterés?
Al volver hacia el lecho, Gilberto vio en el suelo un pañuelo bordado, guarnecido de encaje.
Estaba húmedo de lágrimas.
—¡Ah! —dijo Mirabeau—, no se ha llevado nada, pero ha dejado alguna cosa.
Mirabeau tomó el pañuelo, y al notar que estaba húmedo le aplicó a su frente.
—¡Oh! ¡Solamente ella no tiene corazón!…
Y volvió a caer en su lecho con los ojos cerrados, de modo que se hubiera podido creer que estaba desmayado o muerto, a no ser por el estertor que indicaba la aproximación de la muerte.