La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Felices los que mueran en este año de 1791, pues no habrán visto de la Revolución más que el lado resplandeciente y tranquilo! Por fortuna, hasta hoy nunca revolución más grande ha costado menos sangre, y es que hoy se hace tan sólo en los ánimos; pero llegará el momento en que se verifique en los hechos y en las cosas. Tal vez creáis que me echarán de menos en las TullerÃas; nada de esto, mi muerte les libra de un compromiso contraÃdo; conmigo necesitaban gobernar de cierto modo; lejos de serles yo un apoyo, no tenÃan en mà más que un obstáculo, y ella se excusaba de mà con su hermano, escribiéndole: «Mirabeau cree que me aconseja, y no echa de ver que yo le divierto». ¡Oh! He aquà por qué hubiera querido que esa mujer fuese mi querida y no mi Reina. ¡Qué gran papel desempeñarÃa en la historia, doctor, el hombre que, sosteniendo con una mano a la joven libertad y con la otra a la antigua monarquÃa, las obligase a marchar con el mismo paso hacia un objeto único, la felicidad del pueblo y el respeto a la corona! Tal vez fuera esto posible, o acaso no pasarÃa de un sueño; pero tengo la convicción de que solamente yo hubiera podido realizarlo. Lo que me contrista, doctor, no es morir, sino morir incompleto, haber emprendido una obra y comprender que no puedo llevarla a cabo. ¿Quién glorificará mi idea, abortada y truncada ahora? Lo que se sabrá de mÃ, doctor, será precisamente lo que no se deberÃa saber, es decir, mi vida desarreglada, loca y vagabunda; lo que se leerá de mà son las Cartas a SofÃa, La Erótica Biblión, La monarquÃa prusiana, varios folletos y libros obscenos; lo que me censurarán es el haber pactado con la corte, porque de este pacto no habrá resultado nada de cuanto deberÃa resultar; mi obra no será más que un feto informe, un monstruo sin cabeza; y sin embargo, me juzgarán a mÃ, muerto a los cuarenta y dos años, como si hubiese vivido tanto como otro cualquier hombre; a mÃ, que desaparezco en medio de una tempestad, como si en vez de verme obligado a caminar siempre sobre las olas, es decir, sobre un abismo, hubiese andado por una idea firme y segura al amparo de las leyes y de los reglamentos. Doctor, ¿a quién legaré yo, no mi fortuna dilapidada —poco importa esto, porque no tengo hijos—, pero a quien legaré ya mi memoria calumniada, que podrÃa ser algún dÃa una honrosa herencia para Francia, para Europa y para el mundo?…