La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Y ¿por qué os habéis apresurado tanto a morir? —preguntó Gilberto con tristeza.
—Sà —dijo Mirabeau—, hay momentos en que yo me pregunto esto mismo, como vos lo hacĂ©is ahora; pero escuchadme bien: yo no podĂa nada sin ella, y ella no ha querido. Me comprometĂ como un necio; habĂa jurado como un imbĂ©cil, siempre sometido a las alas invisibles de mi cerebro, que se llevan el corazĂłn, mientras que ella no habĂa jurado nada ni se habĂa comprometido a cosa alguna… AsĂ, pues, todo es mejor, amigo mĂo, y si querĂ©is prometerme una cosa, ningĂşn sentimiento doloroso perturbará ya las pocas horas que me quedan de vida.
—Y ÂżquĂ© puedo prometeros, Dios mĂo?
—Pues bien; prometedme, si mi paso de esta vida a la otra fuera demasiado difĂcil y doloroso, prometedme, doctor —y no es solamente al mĂ©dico, sino al hombre y al filosofo a quien solicito—, prometedme que me ayudarĂ©is.
—Y Âżpor quĂ© pedĂs semejante cosa?
—¡Ah!, voy a decĂroslo; es porque siento que aunque la muerte está aquĂ, conozco tambiĂ©n que en mĂ queda mucha vida. No muero difunto, querido doctor, sino vivo, y el Ăşltimo paso será duro de franquear.
El doctor inclinĂł su rostro sobre el de Mirabeau.