La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Os he prometido no abandonaros, amigo mío —dijo—; si Dios ha condenado vuestra vida, en el momento supremo sabré lo que debo hacer en mi profunda ternura por vos. Si la muerte está ahí, yo estaré también.

Hubiérase dicho que el enfermo no esperaba más que esta promesa.

—Gracias —murmuró, y dejó caer la cabeza sobre la almohada.

Esta vez, a pesar de la esperanza que era de su deber comunicar al enfermo, Gilberto no dudó más. La dosis abundante del licor de vida que Mirabeau acababa de tomar, bastó, como las sacudidas de una pila voltaica, para devolver al enfermo la palabra, con el fuego de los músculos, esa vida del pensamiento, si podemos decirlo así, que le acompaña; pero cuando dejó de hablar los músculos quedaron inertes, aquella vida de pensamiento se desvaneció, y la muerte, impresa ya en su rostro desde la última crisis, reapareció más profundamente grabada que nunca.

Durante tres horas, su mano helada permaneció entre las del doctor, y en este tiempo, es decir, de cuatro a siete, la agonía fue tranquila, tanto que se pudo hacer entrar a todo el mundo, y se hubiera creído que Mirabeau dormía.

Pero a eso de las ocho, Gilberto sintió estremecerse entre sus manos la del moribundo, que estaba helada, y con tal fuerza que no pudo engañarse.


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