La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Vamos —dijo—, he aquí la hora de la lucha; la verdadera agonía comienza ahora.

Y, en efecto, la frente del moribundo estaba bañada en sudor, y sus ojos acababan de abrirse, lanzando un relámpago.

Entonces hizo un movimiento indicando que deseaba beber.

Se apresuraron a ofrecerle agua, vino y naranjada; pero movía la cabeza, como si no fuese aquello lo que deseaba.

Hizo una seña para que le diesen una pluma y papel.

Cogió la primera y con mano firme trazó estas dos palabras:

«Dormir, morir».

Eran las dos palabras de Hamlet.

Gilberto aparentó no comprender.

Mirabeau soltó la pluma, cogióse el pecho con las manos cual si quisiera romperle, profirió algunos gritos inarticulados, tomó de nuevo la pluma, y haciendo un esfuerzo sobrehumano para dominar el sufrimiento un instante, escribió: «Los dolores son agudos, insoportables. ¿Se dejará a un amigo en la rueda durante horas o días tal vez, cuando se le puede librar del tormento con algunas gotas de opio?».


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