La Condesa de Charny

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Pero el doctor vacilaba. Como había dicho a Mirabeau, en el momento supremo estaría allí frente a la muerte; mas para combatirla, no para secundarla.

Los dolores eran cada vez más violentos; el moribundo se revolvía, retorciéndose las manos, y mordía la almohada.

Al fin rompieron las ligaduras de la parálisis.

—¡Oh! ¡Los médicos, los médicos! —exclamó de pronto—. ¿No sois vos mi médico y mi amigo, Gilberto? ¿No me habéis prometido librarme de los dolores de semejante muerte? ¿Queréis que lleve conmigo el sentimiento de haber depositado en vos mi confianza? ¡Gilberto, apelo a vuestra amistad, apelo a vuestro honor!

Y, con un suspiro, una queja, y un grito de dolor, dejó caer su cabeza sobre la almohada.

Gilberto suspiró a su vez, y alargando la mano a Mirabeau, le dijo:

—Está bien, amigo mío, vamos a daros lo que pedís.

Y tomó la pluma para escribir una receta, que no era otra cosa sino una fuerte dosis de jarabe de adormidera en agua destilada.

Mas apenas había escrito la última palabra, cuando Mirabeau se incorporó en su lecho, alargando la mano y pidiendo la pluma.

Gilberto se apresuró a dársela.


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