La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Y sin duda para que fuese más terrible el castigo que iba a sufrir hasta en la muerte, de noche y sin cortejo alguno fue inhumado el ataúd, sin dejar la menor señal en el sitio, sin cruz, sin losa, sin la menor inscripción.
Pero más tarde, un viejo sepulterero, interrogado por uno de esos curiosos que ansÃan saber lo que otros ignoran, condujo cierta noche a un hombre a través del cementerio desolado, y deteniéndose en medio del recinto, golpeó la tierra con el pie y dijo:
—¡Aquà es!
Y como el curioso insistiera para asegurarse, el otro replicó:
—Aquà es, respondo de ello, pues yo mismo ayudé a bajarle a su fosa y estuve a punto de rodar en ella; tan pesado era aquel maldito ataúd de plomo.
Aquel hombre era Nodier.
Cierto dÃa me condujo también a Clamart, golpeó la tierra en el mismo sitio, y me dijo a su vez:
—¡Aquà es!