La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Tres años después, en un sombrío día de otoño, no ya en la sala del Picadero, sino en la de las Tullerías, cuando la Convención, después de haber matado al Rey y a la Reina, después de matar girondinos y franciscanos, después de matar a los jacobinos y a los montañeses, después de matarse a sí propio, y no teniendo ya nada que matar, comenzó a sacrificar a los muertos. Entonces fue cuando con salvaje alegría declaró que se había engañado en el juicio que formara sobre Mirabeau, y que a sus ojos el genio no podía hacer perdonar la corrupción.
Y se expidió un nuevo decreto que excluía a Mirabeau del Panteón.
Un ujier se presentó en la puerta del templo y dio lectura del decreto que declara a Mirabeau indigno de compartir la sepultura de Voltaire, de Rousseau y de Descartes, y que intimaba al guardián de la iglesia a entregar el cadáver.
Así, una voz más terrible que la que debió oírse en el valle de Josafat, gritaba antes de la hora: «¡Panteón, devuelve tus muertos!».
El panteón obedeció, y el cadáver de Mirabeau fue entregado al ujier, que mandó como él mismo dice, conducir y depositar dicho ataúd en el lugar ordinario de las sepulturas.
Ahora bien, el lugar ordinario de las sepulturas era Clamart, el cementerio de los ajusticiados.