La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Se emprendió de nuevo la marcha a la luz de las hachas; la sombra se extendía, y no solamente acababa de invadir las calles por donde se debía pasar, sino también la mayor parte de los corazones de aquellos que pasaban.
La muerte de Mirabeau, en efecto, era una oscuridad política. ¿En qué vía se iba a entrar ahora? El hábil domador no estaba ya allí para dirigir esos fogosos corceles que se llaman la ambición y el odio. Comprendíase que se había llevado consigo alguna cosa que en adelante faltaría a la Asamblea; el espíritu de paz velando hasta en medio de la guerra, y la bondad del corazón oculta bajo las violencias del espíritu. Todo el mundo había perdido con aquella muerte; los realistas no tenían ya aguijón, ni los revolucionarios freno; en adelante, el carro iba a rodar con más rapidez y la bajada era larga aún. ¿Quién podía decir si se rodaba hacia el triunfo o hacia el abismo?
Se llegó al panteón a medianoche.
Solamente un hombre había faltado en el cortejo: era Pétion.
¿Por qué se había abstenido Pétion? Lo dijo él mismo al día siguiente a los amigos que censuraban su ausencia.
Había leído, dijo, un plan de conspiración contrarrevolucionaria escrito de mano de Mirabeau.