La Condesa de Charny

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Capítulo LXXIX

En la mañana del 2 de abril, tal vez una hora antes de que Mirabeau exhalase el poster aliento, un oficial superior de la marina, revestido de su gran uniforme de capitán de navío, y viniendo de la calle de San Honorato, se encaminaba hacia las Tullerías por la de San Luis y la de la Escala.

A la altura de las Cocheras dejó un patio a la derecha, franqueó las cadenas que le separaban del interior, devolvió su saludo al centinela que le presentaba las armas y se encontró en el patio de los Suizos.

Llegado aquí, tomó como hombre para quien el camino es familiar, una escalerilla de servicio, que por largo corredor circular comunicaba con el despacho del Rey.

Al verle el ayuda de cámara profirió un grito de sorpresa, casi de alegría; pero aplicando un dedo a sus labios, el visitante le dijo:

—Señor Hué, ¿puede el Rey recibirme en este mismo instante?

—El Rey está con el señor general Lafayette, a quien da sus órdenes para el día —contestó el ayuda de cámara—; mas apenas haya salido el general…

—¿Me anunciaréis? —preguntó el oficial.

—¡Oh!, sin duda es inútil, atendido que su Majestad os espera, pues desde anoche me dio orden de introduciros apenas llegaseis.


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