La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señor —continuó Charny, que veÃa la impaciencia del Rey—, he recibido vuestra orden en la noche de anteayer, y ayer salà de Montmédy a las tres de la madrugada.
—¿Cómo habéis venido?
—En coche de posta.
—Esto me explica las pocas horas de retraso —dijo el Rey, sonriendo.
—Señor —contestó Charny—, hubiera podido venir a caballo a todo correr, es cierto, y de este modo hubiera estado aquà entre diez y once de anoche, o tal vez antes, tomando la vÃa directa; pero he querido dar cuenta a Vuestra Majestad de las probabilidades buenas o malas del camino que eligió; he querido conocer las postas bien montadas y las que están mal servidas, y sobre todo, averiguar precisamente cuánto tiempo, por minuto y segundo, se empleaba para ir desde Montmédy a ParÃs, y de consiguiente, desde ParÃs a Montmédy. Lo he anotado todo, y ahora estoy en disposición de contestar a todo.
—¡Bravo, señor de Charny! —dijo el Rey—, sois un admirable servidor; pero permitidme comenzar a deciros cómo estamos aquÃ, y después me diréis cómo están allá.
—¡Oh, señor! —contestó Charny—, a juzgar por mis noticias, las cosas van muy mal por aquÃ.