La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El resto del palacio estaba sumido también en una media oscuridad, pues habiendo habitado allí siempre particulares, las grandes iluminaciones, que forman parte del lujo real, se habían descuidado.

El ujier debía informarse a la vez de dónde estaban el conde de Charny y el doctor Gilberto.

El muchacho fue a sentarse en un canapé; Isidoro se paseaba de un lado a otro.

Al cabo de diez minutos, el ujier apareció.

—El señor conde de Charny —dijo—, estaba en las habitaciones de la Reina.

En cuanto al doctor Gilberto, no le había sucedido nada, y hasta se creía, sin poder afirmarlo, que se hallaba en compañía del Rey, quien se había encerrado con su médico, según aseguraba el ayuda de cámara de servicio.

Pero como el Rey tenía cuatro médicos por turno y además el ordinario, no se sabía a punto fijo si el que estaba ahora con Su Majestad era el señor Gilberto.

Si era él, se le avisaría al salir que alguien le esperaba en las antecámaras de la Reina.

Sebastián respiró libremente, no teniendo ya nada que temer, pues su padre vivía y estaba sano y salvo.

Y se dirigió a Isidoro para darle gracias por haberle traído.

El Vizconde le abrazó llorando.


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