La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Capítulo LXXX

La Reina entró en su habitación y se dejó caer en un canapé, haciendo seña a Charny para que cerrase la puerta.

Por fortuna el gabinete estaba solitario, pues Gilberto había solicitado hablar a la Reina sin testigos para referirle lo que acababa de pasar y entregarle la última recomendación de Mirabeau.

Apenas sentada, su corazón demasiado lleno se desbordó y prorrumpió en sollozos.

Estos sollozos eran tan violentos y sinceros, que conmovieron en el fondo del corazón de Charny los restos de su amor.

Decimos los restos de su amor, porque cuando una pasión semejante a la que hemos visto nacer y desarrollarse ha abrasado el corazón de un hombre, a menos de uno de esos choques terribles que sustituyen el amor con el odio, aquel no se extingue jamás completamente.

Charny se hallaba en aquella posición extraña que solamente pueden apreciar los que la han conocido: en él había a la vez un antiguo y un nuevo amor.

Amaba ya a Andrea con todo el fuego de su corazón.

Y amaba a la Reina con toda la piedad de su alma.


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