La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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A cada desengaño de este pobre amor, debido al egoísmo, había sentido, por decirlo así, el sufrimiento en el corazón de la mujer, y cada vez comprendiendo aquel egoísmo, como todos aquellos para quienes un amor pasado se convierte en una carga, pero sin tener fuerza para rechazarle.

Y sin embargo, siempre que este dolor tan verdadero se manifestaba delante de él sin recriminaciones ni quejas, medía la profundidad de aquella pasión, recordando cuantas preocupaciones humanas, cuantos deberes sociales había despreciado aquella mujer por él; e inclinado sobre este abismo no podía menos de dejar caer en él a su vez una lágrima de sentimiento y una palabra de consuelo.

Pero a través de los sollozos se revelaban las quejas, a través de las lágrimas reconocíanse las recriminaciones; y en el mismo instante el conde recordaba las exigencias de aquel amor, aquella voluntad absoluta, aquel despotismo real que sin cesar se mezclaba con las frases de ternura, con las pruebas de pasión. El conde se hacía fuerte contra las exigencias, se armaba contra el despotismo, y entraba en lucha contra aquella voluntad; entonces comparaba la mujer que antes amó con la inalterable figura de Andrea, y prefería esta última por más que la creyese una estatua de hielo, a la imagen de la pasión siempre dispuesta a lanzar por sus ojos los relámpagos de su amor, de sus celos o de su orgullo.


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