La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Lloraba sin decir palabra. ¿Era de alegrÃa o de dolor?… Por la una o por el otro, toda emoción poderosa se resume en lágrimas.
Por eso sin decir nada, pero con más amor que respeto, Charny se acercó a la Reina, separó una de las manos con que se cubrÃa el rostro, y apoyando en ella sus labios, dijo:
—Señora, me complace y enorgullece afirmaros que desde el dÃa que me despedà de vos no habéis dejado de ocupar una hora mi pensamiento.
—¡Oh, Charny, Charny! —exclamó la Reina—, hubo un tiempo en que tal vez os hubierais ocupado menos de mÃ, pero habrÃais pensado más.
—Señora —contestó Charny—, el Rey me habÃa confiado una grave responsabilidad, que me imponÃa el más absoluto silencio hasta que hubiera cumplido mi delicada misión. Hasta hoy no ha terminado, y por eso puedo veros y hablaros otra vez; mientras que antes ni siquiera me era lÃcito escribiros.
—Es un hermoso ejemplo de lealtad el que habéis dado, Oliverio —dijo la Reina, melancólicamente—; tan sólo siento una cosa, y es que no hayáis podido darla sino a expensas de otro sentimiento.
—Señora —exclamó Charny—, permitid, puesto que el Rey ha consentido en ello, que os instruya sobre lo que se ha hecho para vuestra salvación.