La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Y ¿cómo es que después de este fatigoso viaje venís vestido con tanto esmero y tan pulcro como un ayudante de campo del general Lafayette que saliera de un salón? ¿Tienen tan poca importancia las noticias que traéis?

—Son muy importantes por el contrario, señora; pero he pensado que si me apeaba en las Tullerías de una silla de posta cubierta de barro o de polvo, despertaría la curiosidad. Hace un momento el Rey me decía cuan estrechamente os vigilan, y al oírle me felicité de mi precaución de haber venido a pie y de uniforme, como un simple oficial que vuelve para hacer su corte al cabo de una semana a dos de ausencia.

La Reina oprimió convulsivamente la mano de Charny; veíase que aún deseaba hacer la última pregunta, y que le era tanto más difícil de formular cuanto que le parecía de mayor importancia.

Por eso apeló a otra forma de interrogatorio.

—¡Ah, sí! —dijo con voz ahogada—, ahora recuerdo que tenéis casa en París.

Charny se estremeció, y solamente entonces pudo ver el objeto de todas aquellas preguntas.

—¿Yo casa en París? —exclamó—. Y ¿dónde, señora?

La Reina hizo un esfuerzo.

—En la calle de Coq-Héron. ¿No es allí dónde vive la condesa?


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