La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Charny se sentía llevar sobre una pendiente, en la que, en un momento dado, no le sería posible contenerse, e hizo un esfuerzo como esos patinadores que para detenerse se echan hacia atrás, a riesgo de romper el hilo sobre el cual se deslizan.

—Señora —dijo—, ¿no me permitiréis recoger el fruto de mi larga ausencia, explicándoos lo que he tenido la suerte de hacer por vos?

—¡Ah!, Charny —contestó la Reina—, hubiera preferido hablar del asunto que me ocupaba antes; pero, tenéis razón, es preciso no olvidar demasiado a la mujer que es Reina. Hablad, señor embajador, la mujer ha obtenido ya cuanto tenía derecho a esperar, y la Reina os escucha.

Entonces Charny refirió todo: cómo había sido enviado al señor de Bouillé; cómo el conde Luis llegó a París; cómo él, Charny, había estudiado el camino por donde la Reina debía huir, y cómo, en fin, había venido para anunciar al Rey que en cierto modo no faltaba más que la parte material del proyecto para ponerlo en ejecución.

La Reina escuchó a Charny muy atenta y con profundo agradecimiento a la vez, pareciéndole imposible que la simple abnegación llegase hasta este punto. Solamente el amor, ardiente e inquieto, podía prever esos obstáculos e inventarlos medios que debían combatirlos y vencerlos.


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