La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Le dejó, pues, decir desde el principio hasta el fin, y cuando hubo concluido, mirándole con una suprema expresión de ternura, le dijo:
—Y os tendréis por muy feliz al haberme salvado.
—¡Oh! —exclamó el conde—, ¿a mà me preguntáis eso, señora? ¡Es el sueño de mi ambición, y si lo consigo será la gloria de mi vida!
—PreferirÃa que fuera simplemente la recompensa de vuestro amor —dijo la Reina con melancolÃa—; pero no importa… Bien veo que deseáis ardientemente que esta gran obra de la salvación del Rey, de la Reina y del delfÃn de Francia sea llevada a cabo por vos.
—No espero más que vuestro asentimiento para consagrar a ella mi existencia.
—SÃ, y lo comprendo, amigo mÃo —dijo la Reina—; esta abnegación debe estar pura de todo sentimiento extraño, de toda afectación material. Es imposible que mi esposo y mis hijos sean salvados por una mano que no osara extenderse hacia ellos para sostenerlos; si resbalaran en ese camino que vamos a recorrer juntos, os confÃo su vida y la mÃa, y espero que me compadeceréis.
—¿Compadeceros yo, señora?… —exclamó Charny.