La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —SÃ. ¿No querréis en tales momentos, en los que yo necesitaré toda mi fuerza, todo mi valor y mi presencia de ánimo, no querréis, digo, que por una idea, loca tal vez, se pierda todo, acaso por falta de una promesa, de una palabra dada? ¿No es asÃ?
Charny interrumpió a la Reina.
—Señora —dijo—, quiera la salvación de Vuestra Majestad, quiero la felicidad de Francia, quiero la gloria de terminar la obra que he comenzado, y os confieso que me desespera no poder serviros más que con este ligero sacrificio: os juro no visitar a la condesa de Charny sino con el permiso de Vuestra Majestad.
Y saludando respetuosa y frÃamente a la Reina se retiró, sin que esta, helada por el acento con que habÃa pronunciado estas palabras, tratara de retenerle.
Mas apenas Charny hubo cerrado la puerta tras sÃ, retorcióse los brazos, exclamando dolorosamente:
—¡Oh! ¡Mejor quisiera que hubiera hecho el juramento de no verme jamás, y que me hubiera amado como la ama!…