La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El 19 de junio siguiente, a eso de las ocho de la mañana, Gilberto se paseaba a grandes pasos por su habitación de la calle de San Honorato, dirigiéndose a veces hacia la ventana y asomándose como hombre que espera con impaciencia alguna persona que debe llegar.
Tenía en la mano un papel en cuatro dobleces con varias cartas e impresos, y sin duda el papel era de gran importancia pues dos o tres veces, durante aquellos ansiosos momentos de espera, Gilberto le desdobló y releyó para repetir luego la misma operación.
Por fin, el rumor de un coche deteniéndose en la puerta le hizo correr a la ventana; pero llegó demasiado tarde, pues el que acababa de llegar hacía entrado ya.
Sin embargo, Gilberto no dudaba al parecer de la identidad del personaje, pues empujando la puerta de la antecámara, gritó:
—¡Bastián! Abrid al señor conde de Charny, a quien espero.
Y por última vez desdobló el papel que se disponía a leer de nuevo, cuando Bastián, en vez de anunciar al conde de Charny, gritó:
—¡El señor conde de Cagliostro!
Tan lejos estaba este nombre del pensamiento de Gilberto, que se estremeció como si un relámpago anunciándole el rayo acabara de pasar por delante de sus ojos.
