La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Sebastián apresuró su carrera cuanto le fue posible; el corredor estaba oscuro y temía que esta vez se le escapara también la querida visión.

La mujer, al oír siempre pasos tras sí, aceleró su marcha, volviéndose.

Sebastián dejó escapar un ligero grito. ¡Era ella, siempre ella!

La dama, por su parte, al ver que el muchacho la seguía con los brazos abiertos, y no comprendiendo el motivo de aquella persecución, llegó a una escalera y comenzó a bajar.

Pero en el mismo instante, Sebastián apareció a su vez en la extremidad del corredor, gritando:

—¡Señora, señora!

Aquella voz produjo una sensación extraña en la mujer; parecióle que un golpe, hiriéndola en el corazón y produciendo a la vez dolor y placer, enardecía su sangre en las venas, ocasionando un estremecimiento en todo su cuerpo.

Y sin embargo, sin comprender aquel llamamiento ni la emoción que experimentaba, redobló el paso, convirtiendo su carrera en una especie de fuga.

Pero no llevaba al niño suficiente ventaja para escapar de él, y los dos llegaron casi juntos al pie de una escalera.


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