La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La dama se precipitó en el patio, donde le esperaba un coche; un criado tenÃa la portezuela abierta, y la dama, subiendo rápidamente, tomó asiento.
Pero antes de que la portezuela se hubiese cerrado, Sebastián, deslizándose entre ella y el criado, y cogiendo el borde del vestido de la fugitiva, le besaba apasionadamente, exclamando:
—¡Oh, señora, señora!
La dama miró entonces aquel muchacho encantador, del que habÃa tenido miedo al principio, y con una voz más dulce que de costumbre, aunque consérvase todavÃa una mezcla de emoción y de espanto, le dijo:
—¿Qué ocurre, amigo mÃo, y por qué corréis asà detrás de mÃ, llamándome con insistencia?
—Quiero —dijo el niño palpitante—, quiero veros y abrazaros.
Y en voz más baja, para que solamente la dama pudiese oÃrlo, añadió:
—Quiero llamaros madre mÃa.
La dama profirió un grito, cogió la cabeza del muchacho entre sus manos, y como por una revelación súbita, atrayéndola hacia sÃ, estampó sus labios ardorosos sobre su frente.
Después, como si hubiese temido a su vez que viniera alguien a llevarse aquel niño que acababa de encontrar, le hizo entrar del todo en el coche, y corrió las cortinillas, levantando el cristal.