La Condesa de Charny

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Y, en efecto, un hombre entró, con un ancho sombrero hundido hasta los ojos, y el cuerpo oculto por una enorme hopalanda.

—Sois vos, Leonardo —dijo—, os esperaba con impaciencia.

—Si os he hecho esperar, Duque, no es culpa mía, sino de la Reina, quien me ha dicho que tan sólo me retrasaba diez minutos.

—¿No os ha dicho nada más?

—Sí tal, señor Duque; me ha encargado que recoja todos sus diamantes y que os traiga esta carta.

—¡Dádmela! —dijo el Duque con una ligera impaciencia que no le impidió admirar la inmensa confianza de que gozaba el importante personaje de quien recibía la carta real.

Esta última, que era larga y llena de recomendaciones, anunciaba que se marcharía a medianoche; invitaba al duque de Choiseul a partir al punto, y le rogaba de nuevo que llevase consigo a Leonardo, el cual había recibido orden de obedecerle como a ella misma.

Y subrayaba las cinco palabras siguientes:

«Le repito aquí esta orden».

El Duque miró a Leonardo, que esperaba con visible inquietud; el peluquero estaba ridículo con su enorme sombrero y su inmensa hopalanda.

—Veamos —dijo el Duque—, evocad bien todos vuestros recuerdos. ¿Qué os ha dicho la Reina?


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