La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Una vez en el cuarto del señor Villequier, no era ya muy difícil salir del castillo; sabíase que la habitación estaba desierta, se ignoraba que el Rey tuviese las llaves, y en las circunstancias ordinarias no se vigilaba.
Además, los centinelas de los patios estaban acostumbrados a ver salir mucha gente a la vez apenas daban las once.
Eran las personas del servicio que no durmiendo en el palacio volvían a sus casas.
Se concertaron todas las disposiciones del viaje.
El señor Isidoro de Charny, que había recorrido el camino con su hermano y que conocía todos los parajes difíciles y peligrosos correría delante, a fin de avisar a los postillones para que el cambio de tiros no sufriese ningún retraso.
Los señores de Malden y Valory, sentados en el pescante, pagarían a los postillones a razón de treinta sueldos de agujetas; de ordinario se daban veinticinco; pero aumentábanse cinco por la pesadez del coche.
Cuando los postillones hubieran recorrido una larga distancia, recibirían gratificaciones más considerables, pero sin pagarse nunca más de cuarenta sueldos; solamente el Rey abonaba un escudo.