La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Durante el camino todo se redujo a repetidos besos entre la madre y el hijo.
Este hijo, pues no dudaba un instante de que lo fuese, le había sido robado en una noche terrible, noche de angustias y de deshonra; aquel niño, que desapareció sin que su raptor dejase más huella que la de sus pasos en la nieve; aquel niño, que había odiado y maldecido en un principio, hasta que oyó su primer vagido; aquella criatura, a quien había llamado y buscado, y que su hermano había perseguido en la persona de Gilberto hasta en el Océano; aquel niño, a quien había echado de menos durante quince años, desesperando al fin de volverle a ver jamás, y en el cual no pensaba ya sino como en un muerto amado, en una sombra querida, se le presentaba de repente donde menos podía esperarlo. La reconoce, corre tras ella, la persigue y le da el dulce nombre de madre; ella le estrecha contra su corazón, y sin haberle visto jamás le ama tiernamente; y sus labios, puros de todo beso, encuentran todas las alegrías de su vida pasada en el primer ósculo que estampa en la frente de su hijo.
De modo que había sobre la cabeza de los hombres algo más que ese vacío donde ruedan los mundos; había en la existencia otra cosa además que el acaso y la fatalidad.
