La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señora —contestó madame Tourzel—, que ordene el Rey, y me apearé, si es necesario, en medio del camino; pero solamente esta orden puede hacerme faltar a mi deber y hasta renunciar a mi derecho.
—¡Señor —exclamó la Reina—, señor!
Pero Luis XVI no osaba resolver en esta grave cuestión y buscaba una salida, una escapatoria.
—Señor de Charny —dijo—, ¿no podéis permanecer en el pescante?
—Puedo lo que el Rey quiera —contestó el señor de Charny—; pero debo conservar mi uniforme de oficial o mi taima y mi sombrero de cochero; cuatro meses hace que me ven de uniforme en el camino y todos me reconocerán; el segundo traje es demasiado modesto para un carruaje tan elegante.
—Entrad en el coche, señor de Charny, entrad —dijo la Reina—; yo sentaré al DelfÃn sobre mis rodillas, madame Isabel colocará a MarÃa Teresa sobre las suyas, y asà nos acomodaremos, aunque algo oprimidos.
Charny esperaba la decisión del Rey.
—Imposible, amiga mÃa —contestó este—; pensad que hemos de recorrer aún noventa leguas.
La señora de Tourzel permanecÃa en pie dispuesta a obedecer a la orden del Rey, si este disponÃa que bajase, pero el Rey no se atrevÃa a ello; tan poderosas son a veces las más pequeñas preocupaciones en la gente de la corte.