La Condesa de Charny

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—Esto no sería una razón —contestó el jinete—, puesto que podría llegar de la frontera en vez de venir de un punto distante tres leguas de aquí, y haber marchado un mes há en lugar de partir dos horas hace.

—Es verdad —dijeron los guardias nacionales.

—Pues entonces, ¿habéis visto al Rey, dos horas hace? —continuó el que interrogaba.

—Sí.

—¿Le habéis hablado?

—Sí.

—¿En qué se ocupaba hace dos horas?

—Esperaba la salida del general Lafayette para acostarse.

—¿De modo que tenéis el santo y seña?

—Es claro; el general, sabiendo que debía volver a las Tullerías a eso de la una o las dos de la madrugada, me lo dio, a fin de que no sufriese ningún retraso.

—¿Y ese santo y seña es?…

—París y Poitiers.

—Vamos —dijeron los guardias nacionales—, bien está. Buena suerte, compañero, y decid al Rey que nos habéis encontrado vigilando en la puerta del palacio, por temor de que se escape.

Y apartáronse para dejar pasar al jinete.

—No dejaré de hacerlo —contestó este.


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