La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Y picando espuelas a su caballo, lanzóse hacia el postigo de las TullerÃas, donde desapareció.
—PodrÃamos esperar a que saliese para saber si ha visto al Rey —dijo uno de los guardias nacionales.
—Pero si habita en las TullerÃas —replicó otro—, esperarÃamos hasta mañana.
—Es verdad —repuso el primero—, y puesto que el Rey está acostado, asà como también el señor Lafayette, vamos a dormir, y viva la nación.
Los veinticinco o treinta patriotas repitieron este grito y volvieron a sus casas, muy satisfechos y orgullosos de haber sabido de la misma boca del general Lafayette que no debÃa temerse que el Rey saliera de ParÃs.