La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Y ayudó él mismo a los postillones. Era el maestro de postas.

Por fin quedan enganchados los caballos; los postillones están en la silla, y el primero quiere hacerlos arrancar. Pero los dos se caen.

Levantados a fuerza de latigazos, se quiere lanzar el coche; mas los caballos del segundo postillón caen a tierra a su vez, cogiendo al hombre debajo.

Charny, que espera silencioso, atrae al postillón hacia sí, levantándole al fin, pero no sin que deje debajo del animal sus gruesas botas.

—¡Oh! —exclama Charny, dirigiéndose al maestro de postas, cuya fidelidad no conoce—, ¿qué caballos nos habéis dado?

—Los mejores de la cuadra —contesta el hombre.

Pero los animales se han enredado de tal modo con las correas, que cuanto más se esfuerzan para levantarse, más se entorpecen.

Charny se precipita sobre el tiro.

—¡Vamos! —dice—, desenganchemos de una vez y se acabará antes.

El maestro de postas comienza a trabajar, llorando de rabia.

Entretanto, el hombre que se ha alejado corre a casa del alcalde, le anuncia que en aquel momento el Rey y toda la familia real cambian de tiro en la posta, y le pide una orden para detenerlos.


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