La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Al salir de ella había atravesado el salón Verde, donde Sebastián esperaba, y perseguida por este había huido por los corredores, hasta el momento en que el muchacho se había precipitado en el coche que esperaba en la puerta de las Tullerías, en el patio de los Príncipes, según lo prevenido por la doncella.

Todo concurría, pues, para que Andrea fuese feliz aquella noche, sin que nada viniese a perturbarla. En vez de sur habitación de Versalles o de su aposento de las Tullerías, donde no le habría sido posible recibir al muchacho tan milagrosamente encontrado, ni menos entregarse a toda la expansión de su amor maternal, hallábase en su propia casa, en un pabellón aislado, sin servidumbre ni doncella, y sin que la molestase ninguna mirada interrogadora.

Por eso dio, con la expresión de la más sincera alegría, las señas al cochero, señas que os ha conducido a esta digresión.

Las seis daban cuando el vehículo se detuvo ante la puerta del pabellón y se abría la puerta cochera al resonar el primer golpe de llamada.

Andrea no esperó ni siquiera a que el cochero se apease; abrió la portezuela por sí misma y saltó al primer escalón del pórtico, atrayendo a Sebastián.


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