La Condesa de Charny

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Isidoro, con el pie en el estribo, se colocó delante de Drouet, que estaba mirando el coche con la mayor atención. Este joven había asistido el año anterior a la fiesta de la Federación, donde pudo ver al Rey, y ahora creyó reconocerle. Además, aquella mañana había recibido una cantidad de dinero en asignados con el retrato del Rey, y los había examinado unos tras otros para ver si había alguno falso; la efigie quedó impresa en su memoria, y todo parecía decirle ahora: «El hombre que está delante de ti es el Rey».

Sacando de su bolsillo uno de los asignados, compara el retrato con la fisonomía del Rey, y murmura:

—Decididamente es el mismo.

Isidoro pasa al otro lado del coche; su hermano oculta con su cuerpo la portezuela en que la Reina se apoya.

—El Rey acaba de ser reconocido —le dijo—; apresura la marcha de los postillones, y mira a ese joven moreno… es el hijo del maestro de postas, y ha reconocido al Rey. Se llama Juan Bautista Drouet.

—¡Bien —contestó Oliverio—; vigilaré; marchad!

Isidoro sale a galope para ir a encargar los caballos en Clermont.


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