La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Apenas llegó a la extremidad del pueblo, cuando los postillones, estimulados por las instancias del caballero Malden y del de Valory, y la promesa de un escudo de propina, hacen arrancar el coche, que parte al trote largo.

El conde no pierde de vista a Drouet, el cual no se mueve, pero habla en voz baja con uno de los mozos de la cuadra.

Charny se acerca a él.

—¿Se ha mandado preparar un caballo para mí? —le dice.

—Sí, señor —contesta Drouet—, pero no hay más caballos.

—¿Cómo que no hay más caballos? ¿Y ese que ensillan en el patio?

—Es el mío.

—¿Podéis cedérmelo? Pagaré lo que se pida.

—Imposible, caballero; es tarde y tengo que evacuar una diligencia precisa.

Insistir más era infundir sospechas; tomar el caballo a la fuerza, sería comprometerlo todo. Charny, sin embargo, halló un medio que podía conciliarlo todo.

Se dirige al señor Dandoins, que ha seguido con la mirada el coche del Rey hasta perderle de vista, y le apoya una mano en el hombro. El marqués se vuelve.


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