La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Chist! Soy yo… el conde Charny… —murmuró Oliverio—; en la casa de postas no hay caballo para mÃ; dadme uno de los de vuestros dragones, porque es preciso que yo siga al Rey y a la Reina, pues tan sólo yo sé dónde está el relevo del señor de Choiseul, y si no me hallo allÃ, el Rey se verá obligado a quedarse en Varennes.
—Conde —contesta el señor Dandoins—, os daré uno de los mÃos.
—Acepto… la salvación del Rey y de la familia real depende del menor incidente… cuanto mejor sea el caballo, tantas más probabilidades tendremos.
Y ambos se alejan, dirigiéndose al alojamiento del señor Dandoins; pero antes de marchar, Charny encarga a un sargento que vigile todos los movimientos de Drouet.
Desgraciadamente, la casa de Dandoins está situada a quinientos pasos de la plaza, y cuando los caballos se hallen ensillados, se habrá perdido un cuarto de hora por lo menos. Decimos los caballos, porque Dandoins debe también montar de orden del Rey, para replegarse detrás del coche y formar la retaguardia.
Repentinamente, Charny cree oÃr muchos gritos mezclados con las palabra: «¡El Rey! ¡La Reina!».
Entonces sale precipitadamente de la casa, recomendando a Dandoins que le envÃe su caballo a la plaza.