La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La noche, alumbrada sólo por estrellas, era de las más oscuras; una de esas noches en que es fácil extraviarse en una localidad conocida, y con mayor razón en las revueltas de una ciudad extraña.
Isidoro tenÃa la consigna, dada por el mismo Charny, de detenerse antes de llegar a la ciudad. Su hermano lo relevarÃa allà como hemos dicho y conducirÃa la caravana.
Estaba, pues, inquieto como la Reina, y quizá tanto como ella, por la ausencia de su hermano. La única esperanza que le quedaba era que los señores de Bouillé o Raigecourt, en su impaciencia, se hubiesen adelantado al encuentro del Rey, y esperasen a la parte de acá de Varennes.
HacÃa tres o cuatro dÃas que estaban en la ciudad, debÃan conocerla, y podrÃan fácilmente servir de guÃas.
Asà que, llegado al pie de la colina, y al ver dos o tres luces, las solas que brillaban en la ciudad, Isidoro se detuvo indeciso, miró en derredor suyo y trató de penetrar con su mirada en aquella oscuridad. Pero nada vio.
Entonces llamó en voz baja primero, más fuerte después, en alta voz por último, a los señores de Bouillé y de Raigecourt.
Nadie respondió.