La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El ruido del carruaje que llegaba, a un cuarto de legua aún, se dejó distinguir como el de una tormenta que se acerca poco a poco.

Isidoro pensó entonces que aquellos señores estarían ocultos en el límite del bosque que se extendía a la izquierda del camino.

Corrió a él, exploró todo el límite.

¡Nadie!

Sólo quedaba una cosa que hacer: esperar. Isidoro esperó.

Cinco minutos después el carruaje del Rey había llegado.

El Rey y la Reina asomaron al mismo tiempo la cabeza cada uno por un lado, y ambos preguntaron al mismo tiempo también:

—¿No habéis visto al conde de Charny?

—No lo he visto señor —dijo Isidoro—, y cuando no está aquí, necesario es que persiguiendo a ese malhadado Drouet le haya sucedido algún accidente grave.

La Reina lanzó un gemido.

—¿Qué hacer? —dijo el Rey.

Y dirigiéndose a los dos guardias de corps que se habían apeado, preguntó:

—¿Conocéis la ciudad, caballero?

Ninguno la conocía, y la respuesta fue negativa.


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